“El Gomero es mi familia”
Salustiana Ibarra tiene 56 años y es una de las comensales que asiste cada semana a “El Gomero” para conseguir un plato de comida y la contención social que brindan allí. Cuenta su difícil experiencia de vida, presente junto a su familia y el rol que ocupa el comedor.
Por Nicolás Márquez Reartes y Berenice Correa
Cada jueves tiene un tinte especial para la gente que se acerca hasta el famoso árbol de “El Gomero” en Barrancas de Belgrano. El mismo cumple un rol de integración, hace sentir a los comensales como parte de una comunidad, sentimiento que muchos no tuvieron la posibilidad de experimentar previamente.
Pasadas las 20, la plaza se encuentra repleta de los verdaderos dueños de la escena, que se ubican en los bancos para disfrutar su plato. Los niños participan de las actividades junto a la Cruz Roja y los voluntarios que ofrecen su tiempo con actividades de estimulación. El líder del comedor, Carlos Durañona, participa en vivo de una entrevista para Crónica y le da visibilidad a esta problemática social.
Entre las personas que asisten se encuentra Salustiana, quien ofrece un momento para contar su experiencia. Se arrima a un banco largo, ubicado antes de una reja que contiene al famoso árbol y comienza su relato. “Vengo hace más de 10 años a ‘El Gomero’. Empecé con uno de mis nietos, que el viernes pasado cumplió 14 años, y esta noche le prepararon un festejo”, cuenta sobre la vida de Lucas, que la acompaña y mira asombrado ante el relato de su abuela.
Ella vive en San Martín con sus tres nietos, y cada jueves sale de su hogar junto a ellos para tomar el colectivo que los trae hasta el comedor. “Los chicos viven conmigo, me los dieron desde la Defensoría del Pueblo porque estaban durmiendo en la calle, pero no tengo ningún papel en caso de que les pase algo”.
Sus ojos oscuros, con mirada cansada, se ponen brillosos cuando recuerda qué fue de su vida y la de sus seis hijos. “Tengo una vida muy triste. Estuve casada y mi marido me pegó dos tiros cuando lo denuncié por vender drogas. Mis hijos fueron a parar a un hogar y yo estuve ocho años en un hospital en San Isidro. No pude disfrutar a mis chicos. Ahora de grande aparecieron ellos a buscarme. Hay tres con los que no tengo relación, una falleció, y de los otros dos, una es la mamá de mis nietos que vive en un hotel de Constitución y mi otro hijo está preso, aunque hablamos por teléfono cada tanto”.
El papel que ocupa la gente del comedor es fundamental en su vida, la ayudan a sanar heridas del pasado y generan herramientas para un mejor presente. “Este lugar es como mi otra familia, la que no tengo. Vine por una ayuda para mi nieto y recibí mucho más. Ellos apoyaron mucho a mi hija que estaba perdida en la droga y también cuando fallecieron mis hermanos hace poco”.
Durante la última dictadura en el país, en su etapa como pre adolescente, Salustiana fue abusada sexualmente por los militares, teniendo que dar a luz un hijo producto de esa violación. Junto a Bea, una de las voceras de ‘El Gomero’, aún buscan a un hijo desaparecido. “En los legajos que tengo hay hojas que faltan, me cambiaron el nombre, fecha de cumpleaños, y decían que tengo más edad. Yo me acuerdo que era 1976, tenía 13 años y me sacaron a mi bebé, que ahora debe tener unos 43 años. La gente del comedor me acompañó hace unos días cuando me hice el análisis de las Abuelas de Plaza de Mayo (Banco Nacional de Datos Genéticos)”.
Los voluntarios del comedor la ayudaron a tener un techo para vivir con sus nietos. Cuenta que es una casa chica, con dos habitaciones para cuatro personas, y que recibió dinero para la pintura del lugar, además del pago de servicios como luz y agua. “Este mes no sé si voy a poder pagar porque hasta diciembre no cobro la Asignación. El padre de los chicos se la queda y no tenemos relación con él. Lo único que me preocupa es poder tener dinero para cocinar y que no me saquen el medicamento de mi nieto discapacitado porque salen muy caras las pastillas”. También comenta que los voluntarios anotan a los chicos en el colegio, consiguen calzado y útiles escolares antes del comienzo de clases.
Afirma que desde el Estado nadie se acercó para brindarle ayuda a ella y su familia. Su deseo más grande es que la gente con poder ayude a quienes están en situación de calle para que todos tengan un lugar digno donde vivir. “No hay suficientes hogares ni refugios. Me gustaría decirles que no jueguen con el hambre de la gente, no discriminen y tampoco nos tengan miedo porque eso es lo peor que nos pasa en la vida. Nosotros somos uno más, no porque alguien ande pidiendo es menos que otro, somos todos iguales”.
Cerca de las 22, un voluntario se acerca para avisarle a Salustiana que su comida la espera. El menú de esa noche son fideos con salsa y el aroma se esparce por todo el lugar. Antes de retirarse hace un último comentario sobre el comedor. “Los quiero mucho a Bea, Carlos y Susana, ellos siempre me ayudaron. Acá nos conocemos todos y lo de hoy no es nada, dentro de poco empieza el calor y se va a llenar porque hay mucha gente que viene hasta acá desde todas partes. Estoy realmente agradecida, yo les debo mucho. Gracias a ellos mis nietos tienen cama, frazadas y abrigos. También podemos festejar las fiestas, venir y compartir pan dulce y turrón con la gente que queremos. Voy a seguir viniendo mientras tenga fuerzas porque ‘El Gomero’ es mi sostén, es mi familia”.
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