‘‘El Gomero, las raíces de la inclusión’’



La Ciudad Autónoma de Buenos Aires no brinda datos oficiales sobre la cantidad de comedores y merenderos que se han convertido, frente a la crisis económica y social, en el espacio al cual recurren niños, niñas, adolescentes y familias para poder acceder, quizás, al único plato de comida del dia. Cuando faltan recursos y las necesidades son grandes, son muchos los héroes sin capa que salen a cumplir el rol del Estado cuando el mismo está ausente. 


Por Ángela Canalda y Sofía Tejón 


Según datos de la Dirección General de Estadística y Censos, que depende del Ministerio de Economía y Finanzas GCBA, el promedio mensual de personas asistidas con prestación alimentaria a través del Ticket Social, en la Ciudad de Buenos Aires, se redujo un 91,62% entre 2012 y 2018: pasó de alcanzar a 58147 individuos a 4874 en el último año. Estos números contrastan con el informe del Instituto Nacional de Estadísticas y Censos que indica que, en el primer semestre del 2019, el 35,4% de la población nacional se encuentra bajo la línea de pobreza.


En relación a CABA, el Instituto Nacional de Estadísticas y Censos señala que el 14,4% de la población se encuentra bajo la línea de pobreza, mientras que el 4,8% está por debajo de la de indigencia. Sobre la base de datos del Ministerio de Desarrollo social, el promedio mensual en Capital Federal de la cantidad de personas en situación de calle que reciben asistencia habitacional, pasó de ser 2558 en 2010 a 3047 el año pasado. Noy hay acceso a documentación que dé cuenta de las estadísticas sobre la cantidad de comedores existentes ni el número de familias que concurren a los mismos.


Carlos Durañona, residente de Belgrano, comenzó a presenciar los rasgos de la desigualdad en su barrio durante la crisis económica de 2001: la presencia de cartoneros se volvió frecuente. Notó que mucha gente venía de otras zonas de Capital y del segundo o tercer cordón del Conurbano a hacer su trabajo o a buscar una ‘‘changa’’ y por las noches se volvía en el tren de Barrancas. Fue en ese momento, mientras trabajaba en el barrio de San Martín, que sintió la necesidad de ayudar. La idea era darles algo de comer antes de que vuelvan a sus casas, aunque sea una vez por semana. Con el apoyo de los vecinos, preparaban viandas calientes para llevar a la estación y repartir a quien lo necesitaba. En este sentido, el organizador reflexiona: “A mi me pasó de ver en la televisión, en los noticieros, escenas que eran obscenas. Mirar como unos chicos se disputaban un hueso de pollo en un tacho de basura, o cómo asaban gatos para comer en las afueras de Rosario. El hambre era terrible, brutal. Yo sentía que ver ese espectáculo y no hacer nada, me transformaba en cómplice” 


Carlos había perdido su trabajo en plena crisis económica y en un comienzo ni siquiera contaba con un vehículo para transportar la comida, llevaba todo a pie. Tardó tres meses en conseguir un nuevo puesto y comprarse un auto. Esto facilitó el traslado de una olla entera en vez de viandas individuales.


A medida que crecía el número de comensales, la estación les fue quedando chica. No tardaron mucho tiempo en mudarse a la plaza, pero ese no fue el fin de sus problemas:“El Estado siempre nos quiso echar. Se han acercado varias veces a pedirnos que desalojemos e incluso han tratado de negociar con nosotros para que lo hagamos en otro lado. ‘Para tener un comedor digno’ me sugirió un funcionario, a lo que respondí ‘no acepto que esto no sea digno’. Si algún día instalan un techo en la plaza, perfecto. Nosotros de acá no nos vamos, nadie nos mueve”.


Barrancas de Belgrano cuenta con un símbolo distintivo: un árbol enorme, un gomero, de tronco ancho y ramas muy largas que cubren un amplio sector del parque. Todos los jueves sin excepción tiene lugar, hace 18 años, ‘El Gomero’: llueva o truene, Carlos y los voluntarios levantan un comedor trasgresor, sin edificio ni permiso municipal, que funcionaba y funciona en una plaza al calor de las buenas intenciones. Además de servirles un guiso caliente, vasos de jugo, pan y fruta o postre depende la ocasión, se les entrega leche en polvo a las familias con hijos. Allá por 2001, el número de comensales y de voluntarios fue aumentando. Cada semana llegan personas desde sectores alejados del conurbano; familias enteras, madres con sus hijos desde Ezeiza o José C. Paz. Nunca se sabe cuántos comensales habrá, pero Carlos y su equipo estiman que asisten alrededor de 150 personas por noche. No importa cuántos sean, siempre se organizan para garantizar que se logre reunir los alimentos necesarios para todos; se turnan para llevarse la vajilla, lavarla, y dejarla lista para el jueves siguiente. En algunos casos, debido al aumento del boleto en los diferentes transportes públicos, el viaje hasta Belgrano sale más caro que comprar los ingredientes para hacer la comida. Ante la pregunta ¿Por qué seguis viniendo? Susana Ibarra, una comensal frecuente de 56 años que asiste hace más de media década, responde : ‘‘Yo voy a seguir haciéndolo mientras tenga fuerzas, porque El Gomero es mi sostén. Todos nos conocemos acá, los quiero mucho, son como la familia que no tengo’’.


Con el paso del tiempo fueron incorporando nuevas formas de ayuda. La idea de Carlos es generar un espacio de inclusión, donde la persona se sienta contenida y parte de algo más grande. Se realizan colectas de ropa, mantas en invierno, alimentos no perecederos. Al inicio del ciclo escolar, si garantizan su escolaridad con un certificado extendido por la escuela, alrededor de 150 niños y niñas son equipados con útiles escolares, la mochila y el delantal que se van renovando durante el año. El comedor brinda, además, ayuda psicológica y jurídica. Se derivan casos a centros de salud y se los orienta en los trámites. Dice Carlos: “La comida y todos los servicios que intentamos prestar son importantes, pero lo es mucho más el contacto personal, la contención y el afecto. Es lo que más necesitan nuestros hermanos asistidos”.


En este sentido, El Gomero presta especial atención a la niñez y realiza actividades recreativas para ellos. Una parte de los voluntarios, aproximadamente 5 o 6 por noche, se dedica específicamente a brindar apoyo escolar: cada semana, llevan actividades de lectoescritura desde sus hogares para promover la alfabetización y prevenir la deserción escolar. Sumado a esta iniciativa, un grupo de psicólogas y psicopedagogas organizan una juegoteca cada quince días. La idea es que los chicos tengan un espacio de juego creativo y sano, supervisados por profesionales. Con el mismo objetivo realizan, esporádicamente, salidas culturales al teatro.


La mayoría de los que trabajan con el comedor es voluntaria por convicción pero, hace ya algunos años, también se reciben a ciudadanos que infringieron la ley y deben cumplir cierta cantidad de horas en trabajo comunitario. Este es el caso de Carolina Fernández, quien está obligada a brindar 80 horas de servicio por conducir bajo los efectos del alcohol: ‘‘Llegué acá por un deber, por algo que se me impone, pero me di cuenta que vengo a disfrutar. Mi experiencia sería, si tuviera que resumir en una palabra, compartir. Creo que se viene a eso, se da lo que se puede dar, es un espacio donde las personas se ayudan y se apoyan entre sí’’.


Ese apoyo no se resume solamente entre los voluntarios, sino que numerosas organizaciones externas al comedor se solidarizan con la causa y aportan su granito de arena desde donde pueden. Un acercamiento común suele ser a través de donaciones. Este es el caso, por ejemplo, de la Fundación Judaica: todas las semanas en El Gomero se reparten pases para que los comensales puedan acceder a su “ropero comunitario” y llevarse algunas prendas de indumentaria. 


Las instituciones educativas no se quedan afuera: los colegios del barrio llevan a sus estudiantes a ayudar, principalmente, sirviendo la comida. La idea del proyecto colaborativo es que los jóvenes se solidaricen, sean empáticos, y aprendan que hay realidades diferentes a las de ellos. El colegio Santa Ana, por ejemplo, no sólo acerca a su alumnado a la experiencia de los jueves, sino que prestan su edificio para juntar y almacenar donaciones en momentos de colecta. La Facultad de Arquitectura, Diseño y Urbanismo de la Universidad de Buenos Aires colabora cada otoño con el proyecto “Frazadas que abrazan”. Los alumnos de la cátedra de Diseño deben fabricar frazadas con retazos de tela polar e intervenirlas con mensajes, aplicaciones o decoraciones diversas. Una vez que el proyecto esté terminado y evaluado por el docente, se donan todas las mantas al comedor.


Así como cuidan la alimentación de los comensales, también se cuida su salud. Entre las agrupaciones que se acercan a la plaza se encuentra la Cruz Roja, que realiza charlas de concientización y prevención casi todas las semanas. Su coordinadora cuenta cuál es el procedimiento a la hora de trabajar : ‘‘Nos dividirnos en dos grupos: uno está con los chicos haciendo juegos y el otro con la gente más grande brindando atención de primeros auxilios (toman la presión y realizan curaciones). Además, brindamos apoyo psicosocial para la gente que necesite ser escuchada y acompañada. Damos pequeñas charlas sobre RCP, vamos por las mesas enseñándolo para que todos nos presten atención. Nos vamos adaptando a la situación del Gomero día a día, ya que todos los jueves hay una actividad distinta’’. 


Las vinculaciones con el área de la salud no terminan ahí: también se realizan además campañas de vacunación, y se invita a expertos a dar charlas sobre salud sexual y reproductiva, prevención de embarazos no deseados y puericultura. En caso de encontrarse en una situación de drogodependencia, la persona es contactada con una institución que le garantice tratamiento y concientización sobre el abuso de sustancias.


El espíritu solidario de la organización excede por completo las funciones de un simple comedor. Su accionar no se limita a los jueves por la noche, sino que también planifican eventos y actividades extracurriculares. Todos tienen derecho a festejar, las Barrancas de Belgrano han sido testigo de varios cumpleaños, casamientos, celebraciones del Día del Amigo y visitas de Papá Noel. Juntando donaciones, se aseguran que los chicos reciban regalos en las fiestas, que coman torta y pasen un buen momento. Acompañan a las familias recurrentes en las celebraciones religiosas como bautismos y fiestas de quince. Para el Dia del Niño, además de entregar presentes, se organiza una gran celebración: un festival artístico donde se les sirve chocolate y cosas dulces, los menores realizan actividades plásticas con pintura y presencian shows de percusión, malabarismo y acrobacia. 





Estos actos son parte de un sistema de inclusión, donde se tratan de cubrir derechos que van más allá de la alimentación o las necesidades básicas, sino que, también, satisfacen un vacío social. El comedor dignifica a sus comensales, los rescata de la alienación de la indigencia. Cuando lo solicitan, los voluntarios realizan retratos fotográficos de los asistentes con el fin de que puedan conseguir un trabajo o, simplemente, puedan decorar sus hogares con recuerdos. 


El Gomero logró ramificarse y captar a otras organizaciones. Sin embargo, aún no recibe apoyo alguno del Estado. En este sentido Ignacio Domínguez, quien trabajA en la Defensoría del Pueblo de la Ciudad de Buenos Aires, indica : ‘‘Una sola vez se realizó una acción con ellos por el Día del Niño, se le brindó apoyo en todos los servicios, pero es uno de los comedores que no recibe financiamiento ni apoyo municipal. Hace 6 años, había 400 comedores monitoreados y asistidos por el Estado; ahora debe haber la misma cantidad, porque no hay estadísticas sobre esta problemática’’. Ante la pregunta ¿Cuál es el criterio de selección que se utiliza para decidir qué comedores reciben apoyo municipal? responde: ‘‘Si bien se trata de ayudarlos a todos, no siempre se llega a cubrirlos, por supuesto. Se arma una mesa de trabajo en la que se planifica el accionar mes a mes, la misma tiene una característica particular: como en cada barrio hay más de 10 comedores y no se le puede dar lugar a todos hay, por un lado, un representante de los comedores por barrio y, del otro lado, funcionarios del gobierno que intervienen y toman las decisiones en conjunto’’.


No sólo el Estado ignora esta faceta de Barrancas de Belgrano, sino que los mismos vecinos de la zona desconocen el funcionamiento del comedor. De día el parque se llena de gente que va a tomar sol y un poco de aire fresco, sin sospechar del disímil escenario nocturno. Varios pasan por la esquina cuando vuelven del trabajo y observan sin entender, otros llegan los viernes por la mañana y se quejan de los residuos que quedan alrededor del árbol. Conviven dos realidades sin tocarse. Dice Carlos: “No es revelador que los vecinos no nos conozcan, porque no nos quieren conocer. Es un mecanismo de defensa, no quieren enfrentarse a eso tan doloroso que nosotros presenciamos, no todo el mundo puede”. Por este motivo tienen una página de Facebook y se acercan a colegios o medios de comunicación, donde difunden sus actividades. Todos los 24 de marzo realizan un evento donde colocan cruces alrededor de Barrancas de Belgranos en conmemoración a los desaparecidos de la última dictadura cívico militar que tuvo lugar en nuestro país. Con esta acción, cuentan ellos, pretenden llamar la atención de la sociedad acerca de la invisibilización de las personas en situación de calle, cuyos derechos suelen ser minimizados a comparación de los de otros sectores de la población.


Estas organizaciones sirven como pequeños parches en una grieta que los supera; es evidente que una persona en situación de calle necesita más que un plato de comida caliente a la semana. La indigencia no es sólo hambre y frío, sino un ataque a la integridad de la persona, la exclusión de la vida en sociedad. Los voluntarios, desde su solidaridad, poco más pueden hacer que sanar las heridas superficiales de un problema mucho más profundo y estructural. 


La desigualdad es parte de la sintomatología de un sistema económico, político y cultural que excede las posibilidades de acción de la caridad. La crisis del 2001, que dio origen a El Gomero, generó un estallido social como consecuencia de un modelo neoliberal de espíritu similar al actual, caracterizado por el crecimiento de la brecha entre los sectores más pudientes y más vulnerables de la sociedad. Según datos oficiales difundidos por el Ministerio de Trabajo en septiembre de 2018, se produjo una pérdida neta de 106.000 puestos de trabajo en los primeros seis meses del año; la creación de puestos de empleo, en las empresas, para nuevos trabajadores es de las más bajas en los últimos 20 años. En Septiembre, el Instituto Nacional de Estadísticas y Censos publicó un informe donde indica que la desocupación aumentó un 1,6% el último año: mientras que en el segundo semestre de 2018 era del 9,0%, en el 2019 es del 10,6%. A pesar de que no se cuente con información oficial sobre los comedores por parte de la Ciudad de Buenos aires, estas estadísticas son un dato más que expone la desigualdad y da cuenta del sistema que intentan subsanar estas organizaciones sin fines de lucro: un Estado ausente.

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