“Más que voluntarios, una familia”
Los voluntarios del “El Gomero”, ubicado en la plaza Barrancas de Belgrano, trabajan incansablemente para cubrir las necesidades de quien lo precise. Cuentan cómo llegaron al comedor, cómo esta experiencia los transformó y las actividades que acostumbran a realizar todas los jueves.
por Carolina Tiveron y Federico Aaron Valerga.
La noche cae en Belgrano, el parque se ilumina con sus faroles y los comensales empiezan a acercarse al mítico punto de encuentro, el mismo hace 17 años. Susana Gómez, una señora de 75 años, más conocida por los voluntarios y comensales como “Susy”, camina de un lugar a otro para ofrecer su ayuda. Con un carro de compras en sus manos, se sienta en un banco de cemento y levanta la vista hacia los niños que se encuentran jugando. Desde ese lugar se siente el olor del guiso que sirven sus compañeros. Respira profundo y mira hacia el suelo con un aire de tristeza, un par de lágrimas recorren su rostro mientras recuerda sus comienzos en la plaza : “Vine por una amiga, ella era voluntaria y se dedicaba a full a los chicos. Siempre quise venir con ella pero nunca se dió. Tenía que llevar a mi nieta al medico y eso complicaba mucho más el que pueda ir. Hasta que un día, mi amiga se enfermó y me pidió que la acompañe a realizarse unos estudios. Ella estaba muy enferma, y con movilidad reducida me tomo la mano, me miró y luego giró para observar una foto donde estaba con los chicos del comedero, así fue como me decidí. Ya hace 5 años que vengo. No la pude reemplazar, pero vine y me quedé”.
No tarda en recuperar su humor, la divierten los comentarios de los niños y los jóvenes que charlan a unos pocos metros. Los observa, y comenta: “Vengo porque toda la vida fui docente, para ser específica, fui profesora de matemáticas. Para mi el que no sabe leer ni escribir, es una víctima; por eso venía y les daba clases de apoyo. Ahora ayudo desde otro lugar”.
Lo que caracteriza a Susy como voluntaria, es su alternancia entre diferentes roles. Va de un lado a otro, atendiendo dónde la necesiten. A pesar de que ingresó con un rol de docente, cada vez se dedica menos a enseñar dentro del comedor: “El problema es que los chicos siempre pensaban en la comida, entonces me ponía a cocinar de inmediato. Si les faltaba algo de ropa, me centraba en conseguirla. Siempre me involucré en distintos labores, me fui adaptando según las circunstancias. Mi preocupación principal son los chicos”.
La morocha de pelo corto ondulado, de contextura delgada y espalda encorvada, se levanta y cuenta moviendo las manos: “Estar acá genera un sentimiento afectivo, si te ven varias veces los niños te abrazan y te dicen papá o mamá. Lo primero que hay que hacer es generar un vínculo, que es sencillo ya que los chicos son amorosos y te demuestran mucho cariño”. Ella siempre está predispuesta a colaborar, donde la necesitan está, especialmente si se trata de los niños. Le preocupa la alfabetización y la deserción escolar. Cuenta que al llegar se sorprendió de una realidad de la cual ella no era consciente: las adolescentes cuando no tienen acceso a productos de higiene femenina, no asisten a clase. En este sentido, desarrolla: ‘‘ doy clases particulares, recaudo ropa o dinero para la compra de algún elemento de higiene personal y también es muy habitual que de clases de educación sexual.Son necesarias’’.
Otro de los voluntarios que toma la voz es Felipe Ortega. Cuenta que ya lleva 13 años colaborando en el comedor; en un principio empezó a ir para ayudar a los más jóvenes. Dice: “La primera vez que vine era el dia del niño y eso me captó enseguida. Me siento más cómodo con los pibes que con los grandes. Después me encontré con un grupo de gente macanuda, en donde era todo solidaridad, brindar ayuda, y me sentí muy a gusto”. Su experiencia en este tipo de organizaciones comenzó a los 15 años, cuando asistía a los grupos de caridad en la parroquia de su barrio.
Años atrás, cuenta el hombre de 64 años de pelo canoso, se vivieron situaciones de violencia: ‘‘Venían algunas personas que presionaban al resto, buscaban pelea, querían vender cosas y no esperaban tranquilos su turno de la comida o la entrega de la ropa. Pasamos muchas situaciones incómodas”. Parado sobre el sendero de la plaza, explica que quienes lograron resolver la situación fueron las mujeres que asisten al comedor ya que, en contextos de vulnerabilidad, son ellas las que tienen un papel preponderante: son guerreras, se ponen firmes y logran imponer cierto orden.
Ortega, con una mirada tranquila, cuenta qué significa para él ‘El Gomero’: “Ser solidario, pero no una vez en la semana o durante una situación de emergencia en el país; todos los días. Sin compañerismo a la larga termina todo mal, la desigualdad genera el enfrentamiento”.
Carolina Fernández, a diferencia del resto de los voluntarios, no llegó al comedor por voluntad propia. Una multa por un test de alcoholemia positivo mientras conducía, la forzó a elegir entre donar dinero a una institución de beneficencia o realizar 80 horas de trabajo comunitario. Sin embargo, su relato no difiere al del resto. Cuando le preguntan por su experiencia, comenta serena: “Me surgieron sentimientos de comunidad y pertenencia, conocí gente con muchos sueños desde mi primer dia. Te hablan de sus hijos, conocidos, familias... todos los comensales se conocen entre sí. Es el ratito en que la gente se ríe”.
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